Ciudad de Buenos Aires. Foto: Juan Pablo Vittori.En 1536, Pedro de Mendoza fundó el Puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre. Las palabras “Buen Ayre”, utilizadas por aquel español para bautizar el sitio donde se sembró la primera semilla de la actual ciudad de Buenos Aires, no tuvieron que ver entonces con una percepción de la pureza atmosférica del lugar.En realidad, esos dos términos eran el resultado de la castellanización del nombre de la Virgen de Bonaria, por aquel tiempo patrona de los navegantes.Sin embargo, podría creerse que el primer adelantado del Río de la Plata tuvo una premonición. Porque las características geográficas y meteorológicas de la zona que él nombró ayudan a que, en la actualidad, esta gran metrópoli no padezca problemas graves de contaminación atmosférica.No obstante, como si su nombre exigiera un compromiso, la ciudad de Buenos Aires comenzó tempranamente a controlar la calidad de su cielo cercano, a la par de que el mundo empezaba a preocuparse por la contaminación de la capa de aire que rodea a la Tierra.Ya en 1964, aunque no de manera sistemática, se comienza a registrar el material particulado que volaba por la ciudad. Paulatinamente, las mediciones se extienden y sistematizan y, entre otras consecuencias, llevan a que en 1979 se prohíba el uso de incineradores de basura domiciliaria.En 1973, cuando los destinos de Buenos Aires dependían de la voluntad del presidente de la Argentina, se dicta la ley nacional Nº 20.284, todavía hoy vigente, que regula todo lo relacionado con contaminación atmosférica. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires se otorgó su propia norma, la ley Nº 1356, en el año 2004.
Estación de monitoreo atmosférico. Foto: Diana Martinez Llaser.