Los científicos descubrieron que una pequeña mutación genética en las ranas –un cambio en sólo tres de los 2.500 aminoácidos que forman el receptor– impide que la toxina actúe sobre los propios receptores de las ranas, haciendo que sean resistentes a sus efectos letales. Además, este mismo cambio apareció independientemente tres veces en la evolución de estas ranas.